10/06/2020 | Ahora Malvinas | Opinión

Racismos y violencias: una ignorancia sostenida

Tres ideas para pensar la relación entre violencia y racismo.

“Discriminar, eso no está nada bien

ante los ojos de Dios todos somos iguales”

(Sr. Flavio+Los Fabulosos Cadillacs)

 

Una idea Poderosa.

La idea de la igualdad del género humano tiene uno de sus momentos fundacionales con el cristianismo de los primeros siglos, y si uno/a no es creyente, al menos se puede admitir que es una idea antropológica novedosa y poderosa. Precisamente entre las ciencias sociales es la Antropología una de las que encuentra respuestas -para mi gusto- más cercanas a la complejidad de lo humano, como para pensar estos fenómenos que hoy miramos con azoramiento en todos los medios de comunicación: racismo, discriminación, segregación, violencia...

Efectivamente, esa ciencia nos muestra muchas veces que la humanidad, lejos de la idea de igualdad, tiene una larga tradición en esto de construir grupos que se atribuyen características de superioridad  (que llamaremos “un Nosotros”) y se fundan en esas características para subordinar o dominar a otros grupos (que llamaremos “un Otro”). Como dice uno de los manuales más conocidos de antropología, somos constructores de otredad. La palabra otredad suena raro, pero eso es justamente lo que quiere mostrar: que lo que no es como Nosotros, o sea “el Otro”, es raro, no es normal, no es racional, y en último término, no es humano. Y aquí podríamos poner una de las claves para el entender este fenómeno de la discriminación o el racismo (que no son lo mismo, pero apuntan al mecanismo que venimos mostrando): Cuando algo no es humano, entonces puedo “hacer algo” con “eso”, pues dicho llanamente, lo hemos convertido en una “cosa”. Y ya se sabe, las cosas para nosotros son útiles o no son útiles, nos sirven para algo o las podemos descartar, e incluso llegan a convertirse en un estorbo, y cuando es así, simplemente las eliminamos.

Este comportamiento produce varios fenómenos, que puedan darse juntos o por separado, y se suelen utilizar mutuamente como justificaciones, racionalizaciones o excusas, para sostener conductas como las que mencionamos.

El miedo y la economía.

Un fenómeno fundamental suele ser el miedo. El miedo puede convertirse en la justificación de una acción violenta contra otros, y en general se asienta en una ignorancia sostenida. Con esto me refiero a que si no me “meto” en el mundo de grupos que no son afines a los míos, a las categorías que me dan identidad, puedo seguir sosteniendo que esos grupos (pobres, negros, indios, gays, mujeres, hippies, extranjeros de ciertos países, creyentes, ateos, jóvenes...) son potencialmente peligrosos y entonces está justificada de antemano cualquier violencia que contra estos se pueda perpetrar. Pero insisto, esto también me evita el “viaje” que significaría intentar conocer esos mundos y admitir su humanidad, su igual condición de dignidad de base. Aquí el sistema educativo creo que tiene un rol fundamental que aún no asume y que por lo visto no es todavía consciente de que debe asumirlo.

El miedo conecta, aunque parezca increíble, con otro fenómeno humano que por estos días nos preocupa por su alcance, y también tiene que ver con la preservación de la vida: la Economía. Digámoslo lo más sencillamente posible. La discriminación, o el racismo, o como le queramos llamar, lo que permite es que una vez convertidos ciertos grupos humanos en “no humanos”, o como dijimos, convertidos en “cosas”, los puedo utilizar con fines económicos y con un plus: nos justificarnos diciendo que con esa acción utilitaria en realidad los devolvemos a la humanidad. Pero esto sólo como trampa mental habida cuenta de la necesidad de seguir sintiéndonos moralmente superiores. Aunque no siempre ocurre así y no es necesario para que el mecanismo opere en última instancia.

Veamos algunos ejemplos. Los griegos discriminaban entre sus esclavos a aquellos que eran nacidos de quienes eran tomados esclavos al ser vencidos en la guerra. Estos sufrían los trabajos más pesados y su vida era realmente espantosa. No así los que lo eran por nacimiento y venían de una larga co-habitación con los ciudadanos griegos. Pero en ambos casos, la reducción a la esclavitud (nótese la palabra “reducción”...) implicaba la posibilidad de mantener una mano de obra barata que posibilitaba a los griegos libres construir y acrecentar su prosperidad económica.

En estos días podemos observar a nuestro alrededor cómo bastan unas pocas características para ponernos en un lugar que nos permita decidir quiénes son dignos/as de ganar determinados sueldos, o tener acceso a la obra social y a la jubilación, es decir, acceder a la plenitud de lo que se conoce como “Derechos Humanos” y en definitiva, a una vida más digna. Es suficiente con sostener la confusión entre Derecho y Mérito, mezclar estos conceptos y no ahondar en sus diferencias constitutivas, es decir, de nuevo, plantarse en una ignorancia sostenida, y seguir para adelante.

De nuevo, aquí tiene una tarea relevante el sistema educativo. Tarea que no siempre es atendida, a juzgar por los resultados: la violencia y explotación siguen vigentes y aparentemente justificadas.

La resistencia pacífica también será siempre violenta.

Pensada la cuestión en los términos que acabo de proponer, -y que no son más que una lectura posible, una forma de mirar el problema, mas no una verdad acabada-, podríamos afirmar que cualquier modo de rebelarse ante la manipulación o el sometimiento de unos grupos por otros siempre será violenta. Digo esto ya sea que la larga carga de reducción a la indignidad produzca una revuelta destructiva de bienes ajenos o incluso de otras vidas, o la manifestación y los reclamos sean pacíficos. Aquí vienen siempre a la memoria las resistencias pacíficas más conocidas, como la de la India bajo el liderazgo de Gandhi o la de E.E.U.U. de la mano de M. Luther King Jr. Pero en definitiva, la visibilización del sometimiento y la búsqueda de dignidad, ponen en cuestión y debilitan la construcción que el grupo más poderoso haya hecho para justificar esa posición superior, dominante o hegemónica. Y ese grupo en general suele contar con las herramientas para la dominación, sea por lo económico, sea porque se agenció los mecanismos de la fuerza. Y con esa fuerza (policía, ejército, seguridad privada, grupos armados...) va a disolver los intentos de quienes reclamen, no importando tanto si el reclamo está justificado, o como decía, si se manifiesta de modo violento o pacífico. Es decir, la respuesta es la que siempre parece ser violenta. Y esto es así, me atrevo a pensar, porque cualquier motivo por el que un “Nosotros” justifique el sometimiento y la degradación de un “Otro”, es ya de raíz una acción violenta, y será violento el recurso para sostenerse allí. Incluso aunque el recurso sea simplemente el lenguaje.

Entender esto y actuar en consonancia para que vivan otro mundo las nuevas generaciones es, si se me permite la insistencia, una tarea irrenunciable de la Educación. Esa es mi ilusión cotidiana, la que me movilizada cada madrugada cuando salgo a tomar el colectivo o prendo la computadora para ejercer mi rol docente.

Prof. Diego R. Gogna

Docente, Investigador en Educación.

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